Sonata de Luz de Luna
Sexta Pieza: La libreta negraHarry salió de la enfermería en silencio. No quería ver a nadie ni que nadie lo viera, no quería saber de nada que ocurriera en el castillo. Sólo quería morir en algún rincón, abrazado a sí mismo para controlar ese frío que le calaba los huesos con sólo pensar en lo que se le venía encima ahora que estaba de alta.
Su piel ya no dolía como había hecho días antes, sus ojos ya no parecían girar en sus órbitas; podía ver, oír, era capaz de hablar y podía respirar nuevamente por sus propios pulmones. Debería ser la persona más feliz del mundo; había logrado sobrevivir.
Pero se sentía vacío.
Remus quería que se encontraran apenas saliera de la enfermería, en el salón de los maestros, pero Harry ya no estaba muy seguro de querer presentarse. Ir a su encuentro significaba tener que afrontar una montaña de problemas que no estaba seguro de poder sobrellevar. Se sentía permanentemente al borde de las lágrimas y el haberse enterado por Madame Pomfrey que Ron y Hermione le habían ido a visitar todos los días no ayudaba mucho. No quería verlos aún, no sabía cómo podría encontrar el valor para contarles todo lo que había pasado y no podría verlos sin que la angustia se tomara su corazón.
Pero debía aceptarlo ¿no? Ahora él era un hombre-lobo; un monstruo. Ya nadie creería en él, su vida estaría arruinada, nunca sería un auror, ni encontraría trabajo, ni alguien con quien pasar el resto de sus días. Nunca podría llegar a tener una familia. Ya no había nada que hacer, debía aceptarlo. Si iba a tener que vivir el resto de sus días como licántropo más le valía encontrar el valor para aceptar su condición, partiendo por ir a ese encuentro con Remus. Había muchas cosas de las que tenía que enterarse, no podía esperar aprenderlas en el camino; era mejor estar precavido.
Sus pies le habían llevado directamente al salón que Remus le había señalado. No había estado nunca antes ahí y jamás se había imaginado que los profesores tuvieran un lugar donde encontrarse. Golpeó un par de veces la puerta y esperó; el rostro de la profesora Sprout apareció cuando ésta se abrió con un crack.
-¡Harry, buenos días!-dijo ella, sorprendida de verlo-. ¡Qué bueno es verte fuera de la enfermería!
‘Ellos ya deben saberlo’ fue lo primero que pensó Harry. Dumbledore debía haber informado a todo el personal docente para que no se llevaran sorpresas y cosas por el estilo. Al menos no tendría que contarles ni darles explicaciones de ese modo; tal vez por eso el director lo había hecho.
-¿Está Remus?-preguntó Harry, sintiendo que las palabras habían sido pronunciadas por un extraño. Esa no era su voz de siempre. Quizás por todos esos días sin ocupar sus cuerdas vocales estas se habían desacostumbrado y el usarlas de nuevo había producido ese sonido grave y rasposo que ahora era su voz. Su cuerpo entero parecía estar en desuso; Remus sabría si era normal o no.
-¡Oh, sí, por supuesto!-exclamó Sprout, cerrando la puerta un poco para volverla abrir completamente y darle paso a Harry.
Harry avanzó a través del umbral, mirando a todos los rincones de la habitación. Era un lugar ameno, tranquilo, como para relajar a los profesores luego de una larga jornada de estudiantes en plena adolescencia. En el centro de la habitación había una mesa rectangular para veinte personas y en una esquina una cafetera mágica parecida a una que había visto en casa de los Weasley. La habitación tenía dos muros llenos de ventanas, con cortinas sin duda flameaban al viento que entraba por ellas cuando estaban abiertas, pero el frío de esos días las mantenía bien cerradas. A mano derecha, junto a la chimenea, sillones de distintos tamaños y formas se desplegaban tratando de ganar calor. En uno de ellos Remus parecía leer un libro hasta que notó al chico.
-¡Harry, pasa por favor!-dijo Remus, junto a la chimenea-. Por qué no vienes y te sientas aquí, junto al fuego, conmigo.
Harry caminó hacia él, no muy seguro de si sus pies se mantendrían firmes como para caminar o tendría que recogerse del suelo una vez más; sus rodillas no parecían soportar su peso. Tomó asiento, o más bien cayó, sobre el sofá que Remus le señalaba.
-¿Cómo te encuentras?-preguntó el ex profesor, mirándole con preocupación.
El moreno le miró, tratando de encontrar una razón para tener que decirle que se sentía bien. No quería preocupar a nadie, no quería que todos corrieran a ver si estaba bien o no, no quería compasión. Confiaba en Remus y sabía que él sabría inmediatamente si algo andaba mal o no, pero había demasiada gente en ese lugar. Quería ser fuerte, sólo por esta vez, quería demostrarse a sí mismo que podía lograrlo.
-Estoy bien-dijo secamente.
-No me mientas, Harry, por favor-pidió Remus. El chico no pudo evitar mirar en la dirección donde la señora Sprout corregía exámenes, en la mesa, alejada de ellos. Remus pareció entender qué es lo que pasaba-. ¿Profesora, podría dejarnos unos minutos a solas?-preguntó.
-¡Ah! Lo siento. Iré a ver si el acónito ya floreció-dijo ella sonriendo. Mientras lo decía ya había tomado todos sus pergaminos, tintero y pluma, y se disponía a salir de la habitación. Un par de segundos después ya se había ido.
-¿Me dirás ahora cómo estás realmente?-preguntó el hombre frente a él. Harry tragó saliva antes de aventurarse a hablar con esa voz que no lograba reconocer como propia.
-Débil. Extraño-empezó-. No me logró reconocer a mí mismo. Me siento como si estuviera habitando en un cuerpo que no fuera mío, y como si esta me traicionara con cada movimiento.
Remus apoyó una mano sobre la rodilla de su ex alumno mientras le miraba con ternura.
-Supongo que te tendrás que acostumbrar de nuevo a tu cuerpo. Ser lo que somos no es fácil y vas a ver que las cosas, con el paso del tiempo, se nos ponen cada vez más difíciles. Sobre todo para ti, Harry-dijo acercándose un poco y dejando que el chico viera en sus ojos que no había nada que temer de su parte-. El mundo mágico, incluso antes de que tú supieras que eras un mago, había puesto expectativas en ti. La gente se ha inmiscuido en tu vida desde siempre, quizás ahora algunos se decepcionen, otros quizás se enojen. Se te cerrarán muchas puertas, incluso entre aquellos que viven con esta condición.
-Me lo había imaginado-dijo Harry, tratando de tragar el nudo en su garganta.
-De todas formas, tenemos que ser un poco más positivos-dijo Remus, reclinándose nuevamente sobre su asiento-. Si te mandé a llamar era porque tenemos muchas cosas de qué hablar. La licantropía tiene muchas complicaciones, y si hay algo que te puedo enseñar es cuales son y como sobrellevarlas. No hay nada como el conocimiento por experiencia, algo que no muchos libros te pueden dar.
Mientras Harry seguía su lucha contra el nudo que se había alojado en su garganta Remus empezó a buscar algo dentro de un maletín negro que había estado apoyado contra su sofá. Libros y papeles se cortaban el paso entre sus cosas, pero no se detuvo hasta encontrarlo. Se trataba de una pequeña libreta de cuero negro, más parecida a un libro que a un cuaderno; no muy distinto al diario de vida que había encerrado a Tom Riddle tiempo atrás. Se la tendió a Harry con una sonrisa.
-Es poco probable que llegues a recordar todas las preguntas que te salten a la cabeza. Usa este libro para ir guardándolas. Que no te avergüence hacer preguntas de tipo personal o demasiado privadas-dijo Remus-. Esto de la licantropía es algo muy personal, todos los problemas, o la mayoría de ellos, son inconvenientes que podrás tener en todos los ámbitos de tu vida. La semana antes de la próxima luna llena vendré a Hogwarts nuevamente y responderé tus preguntas.
-¿Qué haré mientras, con las dudas que pueda tener entre aquí y la próxima vez? Debe haber preguntas importantes que no pueden esperar hasta entonces-dijo Harry, ojeando la libreta y tomándola entre sus manos.
-Te dejaré este libro. Es mío, y hasta donde he logrado ver es el más completo de su tipo-dijo pasándole el libro que había estado leyendo cuando el chico entro a la habitación-. Tiene un calendario muy completo de las fases lunares y tiene un par de hechizos muy buenos para detectar plata. Hay un capítulo completo dedicado al control del carácter, ese sería muy bueno que lo leyeras con tiempo.
-¿Control del carácter?
-Te darás cuenta con el tiempo que tu ánimo será más volátil, sobre todo cerca de la luna llena, un comentario mal hecho y terminarás haciendo alguna estupidez. Necesitarás controlar tu carácter pues ser un hombre-lobo viene de la mano con una fuerza sobrehumana que no tendrá problemas en manifestarse si es que no la controlas. Te verás con tendencia a la violencia en más de una ocasión e irritable todo el tiempo-dijo Remus, quien Harry pensó debía haber controlado su genio muy temprano pues no parecía nada de lo que describía-. Si no cuidas tu temperamento terminarás lastimando a los que más quieres.
-Tendré cuidado con eso-dijo el chico, mientras guardaba los libros en su bolso para evitar mirar a su ex profesor-. Otra pregunta… ¿Cómo lo haré para… para… cuando…?
Harry se detuvo. Las palabras no le salían, se resistían a traspasar sus labios, porque sabía que de cierta forma en el momento en que las dijera esa pesadilla que le atormentaba día y noche durante el transcurso de esa semana, se haría realidad completamente. Decir aquellas palabras sería aceptar la realidad, cosa que su corazón se negaba a hacer. Decirlas sería darle un golpe a su conciencia para que despertase a la realidad de la vida.
Y él no quería despertar.
-Para tu próxima transformación-completó Remus por él. Le miró con Ternura, como quién observa a un pequeño niño caerse al dar sus primeros pasos. Eso era lo que Harry sentía que hacía en esos momentos, daba sus primeros pasos en la sociedad. Empezaba, poco a poco, a vivir una pesadilla. Empezaba a vivirla y transformarla en realidad.-Dumbledore va a habilitar una habitación en las mazmorras, sellada para que no puedas escapar, para evitar que hagas alguna locura. Ciertamente es mucho mejor una habitación en el castillo que un viaje a la Casa de los Gritos, ese lugar no es seguro para ti.
-¿Qué haga alguna locura? ¿Acaso no usaré la poción matalobos?-preguntó Harry asustado.
-No puedes, Harry, no aún-dijo el profesor con tono lúgubre-. Al ser tus primeras transformaciones tu cuerpo no está acostumbrado al cambio que se produce con la luna llena; con todos los años que lleva la poción en el mercado aún no se encuentra una versión que no de problemas en las primeras transformaciones. Deberás transformarte sin la poción durante el lapso de un año; dejar que tu cuerpo se acostumbre primero.
-Vaya…-fue lo único que Harry pudo decir.
-Obviamente trataré de estar aquí durante las primeras veces, no querría que pasaras por esto solo-dijo el hombre, con una sonrisa, jugueteando con su cabello.
Harry sonrió por primera vez en el día; el no estar solo durante un momento tan importante como ese era un regalo del que no se creía merecedor, pero que agradecería por siempre. No quería seguir estando solo, aún cuando todo indicaba que siempre estaría así.
Miró por la ventana y dejó que su cabeza se liberara de esos pensamientos tan negativos, no era bueno sumergirse en la amargura cuando estaba frente a Remus, no quería que le vieran así de débil. Por un segundo sus sentidos dejaron la habitación y se concentraron en lo que había más allá; se enfocaron en los terrenos del castillo, donde Neville buscaba a Trevor; en el pasillo afuera de la habitación, donde los pasos lejanos de alguien le avisaban que alguien estaba a punto de entrar por la puerta de ese salón.
La puerta se abrió dos o tres segundos después de que la mano de Remus hubiese vuelto a su regazo; el profesor Snape entró a la habitación farfullando sobre ineptos alumnos, incapaces de darse cuenta de las diferencias entre los huevos de Ashwinder y los huevos de Doxies. Venía cubierto de un líquido viscoso de color transparente y un gesto de ira en el rostro. Cuando vio a Harry el esquivó con la mirada y optó por ir al rincón de la cafetera a servirse un buen tazón del brebaje amargo.
-Creo que será mejor que me vaya ahora-dijo Harry cuando el profesor se hubo alejado. Se levantó de su asiento lentamente y se dirigió a la puerta sin hacer siquiera el amago de despedirse.
-¡Harry!-llamó Remus antes de que el chico hubiera cruzado la puerta. El moreno se dio vuelta justo a tiempo de atrapar un pedazo de chocolate que parecía haber volado desde donde el ex profesor estaba sentado, junto al fuego-. No sé de nada mejor para levantar el ánimo-dijo el hombre con una sonrisa.
Harry sonrió con él y se metió el chocolate en la boca. No sabía si eran las palabras de Remus o el cacao en su lengua pero se sentía un poco mejor. Aún sin despedirse cerró la puerta tras de sí y desapareció entre los pasillos del castillo.
-¿Cambió la voz?-preguntó Snape, más para sí mismo que con la esperanza que el otro hombre en la sala le respondiera.
-Las cosas con Harry van muy rápido. Yo diría que ya ha empezado a intuir más cosas de las que hacía antes-dijo Remus, siguiendo el ejemplo de su ex alumno y poniéndose de pie-. Aún Harry siempre ha sido muy bueno intuyendo cosas, estoy seguro que no ha habido uno de sus instintos que le haya hecho errar-tomó su maletín y salió de la habitación, dirigiéndole una pequeña reverencia con la cabeza al maestro de pociones.
-Yo podría decir lo contrario-dijo Snape a la solitaria habitación.
Harry se paseó por el corredor hasta que la puerta a la Sala de Requerimientos apareció frente a él; abrió la puerta rápidamente, sin saber con qué se iba a encontrar pues no tenía muy claro qué es lo que quería y confiaba que la sala conociera más sobre sus deseos que él.
Una vez adentro se extrañó de ver un sofá en la mitad de la habitación y un espejo de muro a muro enfrentándolo. Caminó hasta él, dejando su bolso en el asiento, sin dejar de ver su reflejo. Cuando antes pensaba en lo distinto que se sentía su cuerpo en parte asumía que eso era porque éste había cambiado, porque de alguna forma su nueva condición se las había arreglado para modificar el lienzo en el que se había encontrado y le había adaptado hasta quedar conforme en él, pero ahora que se veía por primera vez se daba cuenta que realmente no había nada nuevo en él, nada que no reconociera, seguía siendo el mismo Harry de siempre.
Pero no entendía por qué, si seguía siendo el mismo, se sentía tan distinto. Quizás sólo era la manera en la que su cuerpo reaccionaba al ambiente en el que se encontraba; quizás era sólo que, tal y como Remus decía, su cuerpo ahora estaba mucho más sensible y era capaz de sentir el mundo de una manera nueva que le parecía desconocida; quizás lo que le hacía sentir distinto no era su piel si no la cantidad de sensaciones nuevas que sus poros procesaban, los nuevos olores que permeaban entre los tejidos y las superficies, los sonidos que se colaban entre las rocas y la manera en que podía sentir que algo iba a pasar. Sabía que algo iba a pasar, como si alguien estuviese sosteniendo su estómago para evitar que lograra respirar profundamente cuando más lo necesitaba.
Se sentó en el suelo, el frío del espejo contra su espalda despertando una vez más sus sentidos exacerbados. Con su varita atrajo su bolso hacia sí y empezó a mirar el libro que Remus le había dado. El índice parecía no terminar nunca, incluso luego de 3 páginas, por lo que decidió que haría una lista de las preguntas que más le importaban y luego las buscaría en la Enciclopedia Licántropa que su ex profesor le había prestado. Tomó la libreta negra en sus manos y empezó a escribir sus dudas una a una como si estuviera escribiendo en un diario de vida, no esperaba que Remus leyera todas sus páginas sino que éstas le ayudaran a recordar lo que su mente trataba de olvidar a todo momento, cosa de que llegado el día Harry pudiera volver a preguntarlas.
¿Qué haré si muerdo a alguien? ¿El morder a alguien mientras soy humano le transformará en hombre-lobo? ¿Qué tanto duele una transformación en comparación con un Cruciatus?
De pronto miró al espejo y se recordó un espejo que había visto en primer año, y el reflejo que había visto en él. Se dio cuenta que había algo que no había tomado en cuenta: siempre le había llamado la atención que Remus no tuviera familia, ni una novia, ni hijos. Quizás era que no podía tener hijos, quizás la enfermedad había alterado su fertilidad. Si eso era así lo más probable es que su futuro fuera muy similar. Tendría que resignarse a que aquel sueño que había tenido al mirar por el Espejo de Oesed no quedara más que en eso, un sueño que había tenido cuando era aún muy joven como para entender la manera en que el mundo funcionaba, cuando era aún demasiado niño como para entender que la soledad que le había acompañado desde su infancia sería permanente y que soñar no serviría de nada.
Pasos en el corredor fuera de la Sala de Requerimientos le sacaron de sus pesimistas pensamientos con sorpresa. Alguien se acercaba, no paseando por afuera, sino directamente a la habitación. Cerró la libreta y en un par de segundos había hecho desaparecer todo rastro de sus acciones previas. Sin pensar lo que hacía se puso de pie y se escondió tras el sofá, sin saber muy bien por qué lo hacía. No sabía por qué estaba tan seguro que la persona venía directamente hacía su dirección, pero muy dentro de sí sabía que alguien venía y que preferiría no verle.
La puerta se abrió y cerró ante los ojos asombrados de Harry. Alguien se deslizaba por la madera hasta caer al piso de rodillas, quebrando en llanto, completamente ignorante de que no estaba solo en la habitación. El moreno no pudo evitar mirar a quien lloraba, como quien sorprende a una pareja besándose y observa, aun sabiendo que es de mala educación, incapaz de apartar los ojos. Después de un par de segundos se dio cuenta que la persona que sollozaba con tanta fuerza era alguien que se había prometido, hacía mucho tiempo ya, que impediría ver llorar de nuevo: Hermione.
Se acercó a la chica, tratando de que no le sintiera y no se asustara de su presencia. Se agachó hasta estar frente a ella y le puso la mano en la espalda; recibiendo un pequeño salto de sorpresa, por parte de su amiga, como resultado. Hermione levantó su rostro, avergonzada como pocas veces le había visto, con las mejillas cubiertas de lágrimas. Sus ojos demoraron un par de segundos en reconocer a su amigo y miraban dentro de sus ojos verdes como si esperara encontrar la respuesta a una gran pregunta en ellos.
-¿Estás bien, Hermione?-preguntó cuando se dio cuenta que la chica no parecía en condiciones de articular palabra por sí misma-. ¿Qué te pasó, cómo puedo ayudarte?
La sabelotodo de Gryffindor le miró por unos segundos que se le hicieron eternos; segundos en los que Harry recordó todo lo que le estaba ocultando y porqué lo estaba haciendo. Sorprendiéndole casi tanto como se sorprendía ella, la chica se lanzó a sus brazos con suficiente fuerza como para derribarle y caer sobre él, llorando con aún más fuerza que antes.
-Dios mío, Harry… ¡Estaba tan preocupada!-exclamó ella entre hipidos y sollozos, manteniendo su rostro junto al del chico en un abrazo tan apretado que Harry estaba seguro le habría hecho sentir incómodo de haber sido alguien más-. ¿Cuándo saliste de la enfermería? ¿Con Ron te fuimos a ver todos los días, por qué no nos permitiste visitarte? ¿Qué te pasó? ¿Qué pasó en el bosque? ¿Estás bien?
-De a una pregunta por vez, Hermione-rió Harry, algo más aliviado de que su amiga se estuviera comportando como siempre nuevamente. La chica se separó de él rápidamente, con una mano cubriendo su boca en señal de asombro, sus ojos abiertos de par en par. Harry temió por un momento que de alguna forma Hermione hubiera averiguado entre las pocas palabras que había dicho que él ahora era un licántropo.
-¡Cambiaste la voz, Harry!-exclamó ella, lo suficientemente sorprendida como para no notar que estaba sentada sobre las piernas del chico. Cuando se dio cuenta se puso de pie de inmediato y ofreció su mano para ayudar a su amigo para que se levantara.
Harry sintió que la sangre volvía a correr por sus venas y dejó escapar el aire que había retenido desde que la chica se había incorporado hasta que logró decir esas palabras. Rió un poco y miró a Hermione con su rostro derrochando un humor jovial aunque irónico.
-Bueno, supongo que es algo que tiende a pasarle a todos los hombres en algún momento de sus vidas, ¿o no?-preguntó Harry, enarcando una ceja y pasando un brazo por sobre los hombros de la chica con cariño.
-Sí, pero tú ya habías cambiado la voz durante quinto año-acotó Hermione, mirando a su amigo. Su rostro denotaba tanto la felicidad que parecía sentir ahora que podía comprobar con sus propios ojos que el miembro restante del trío estaba en buenas condiciones, como la extrañeza ante lo que sucedía con la voz de éste.
-Pues qué quieres que te diga, soy una persona muy especial y estoy sujeto a todo tipo de rarezas a medida que la vida pasa-dijo Harry, revolviéndole el cabello con los dedos.
-No hay persona más especial en cuanto a esas cosas que tú-dijo Hermione, riendo ante sus muestras de cariño. Se había demorado años en que sucediera, pero desde tercer año que la chica se había empeñado en demostrarle a su amigo que no estaba solo y que era natural que la gente a la que quería quisiera sentir un contacto más íntimo con él. Había partido con abrazos, de cuando en cuando, hasta que el chico se había acostumbrado a ofrecer afecto sin problemas, al menos con ella-. De todas formas estoy feliz de que parezcas estar en una pieza, Harry.
Harry se liberó de su abrazo al sentir cómo su corazón latía más fuerte al haber escuchado las palabras de la chica. Se acercó al sofá y puso sus manos sobre el respaldo. Hermione le siguió y bajó su cabeza de manera de poder ver los ojos de Harry más directamente.
-¿Qué hacías aquí solo? De haber sabido que ibas a salir de la enfermería te podríamos haber ido a buscar con Ron-comentó la chica. Harry irguió su espalda instantáneamente; sintió nuevamente la opresión de contarles sobre su condición… pero no podía hacerlo. No quería perderlos.
-Estaba pensando un poco-dijo Harry, evadiendo responder de forma completa pero sabiendo también que lo que decía era verdad. Que no quisiera contarles no quería decir que quisiera mentirles-. Salí de la enfermería y me vine a encerrar aquí un rato para estar solo y pensar.
-¿No me vas a decir por qué no nos dejabas entrar a visitarte?-preguntó Hermione, con la resignación extendida por todo su rostro.
-Sé los diré-dijo Harry, de pronto decidido- cuando esté listo para hacerlo.
Hermione le miró, estudiando sus facciones y gestos por un momento que al chico le parecieron eternos. Ella sabía que él no les diría y que sería una mala jugada de su parte torcer su mano y tratar de averiguar por otro lado sus razones. Tendrían que esperar a que Harry volviera a confiar en ellos, que se diera cuenta que no le abandonarían pasara lo que pasara. Tomó la mano de su mejor amigo con cariño, suavemente, acariciando el dorso con su pulgar.
-Vamos, Ron debe estar en el gran salón en estos momentos. Estoy segura que está ansioso de verte-dijo ella, tirando de su brazo un poco para que el siguiera el movimiento. Después de un rato una idea le asaltó la cabeza y no pudo evitar reír un poco-. Quizás hasta Malfoy debe estar ansioso de verte.
-¿Malfoy?-preguntó Harry, extrañado.
-Bueno, fue quien te trajo de vuelta del bosque y se nota que se preocupa mucho de que estés bien-dijo la chica, algo avergonzada por hablar del rubio. La verdad es que desde esa conversación que habían tenido la otra noche no habían vuelto a hablar, pero creía haber aprendido mucho sobre cómo y porqué funcionaba el joven Malfoy.
-¿Se preocupa de mí, dices?-espetó Harry, con socarronería-. Supongo que estás bromeando, no sé de dónde puedes sacar algo así. Malfoy nunca se preocuparía por mí, sólo debe estar buscando una manera de poder atraparme y llevarme con Voldemort.
-No creo que fuese capaz de hacer eso-dijo la chica, recordando su conversación-. Malfoy está de nuestro lado, habló con Dumbledore y él le cree.
-¿Dumbledore le cree? ¡Tienes que estar bromeando!-exclamó Harry, soltándose de su mano y empezando a dar vueltas por la habitación, tratando de entender lo que estaba pasando. Cómo podían llegar a pensar que Malfoy se pasaría a su lado era algo que no lograba asimilar, como si las mil veces que había le había puesto en aprietos hubieran sido solo bromas y no ataques directos-. ¡Malfoy debe estar a un paso de convertirse en mortífago!
-Cuando llegó del bosque contigo inconsciente habló con Dumbledore, no sé exactamente qué habrán hablado pero Dumbledore confía en él y eso es suficiente para mí, y para Ron también-acotó la chica.
-¡Ustedes le creen! Hemos aguantado sus palabras y ataques por años, y basta que llegue un día y diga: “Me redimí” para que ustedes confíen ciegamente en él. Debe estar planeando algo, esto debe ser alguna maquinación de Voldemort-dijo Harry, mientras seguía paseando.
-Si Malfoy te hubiera querido entregar hubiera tenido la oportunidad perfecta para hacerlo en el bosque cuando te atacaron los lobos-dijo Hermione, tratando de razonar con él.
-¿Y cómo puedes estar segura que fueron los lobos los que me atacaron sólo y no él que los llamó?-preguntó Harry, rojo de furia. Por qué era que Hermione se ponía del lado de quien le había discriminado por tanto tiempo.
-Hablé con él ayer; me contó toda la historia, Harry. Él te salvó la vida-dijo después de un segundo. Sus ojos parecían estar rojos de nuevo y no era capaz de mirarle a los ojos.
-¿Cómo lo sabes? ¿Estabas ahí para verlo?-preguntó Harry, cada vez más iracundo.
-No-susurró Hermione, como con un sollozo.
-¿Quién te lo dijo entonces?-exclamó el chico, tomándola de los brazos y sacudiéndola un poco.
-… Malfoy-respondió ella. Las lágrimas caían por sus mejillas lentamente y ella no parecía poder controlarlas.
-¡Pues yo no recuerdo nada de lo que me dices!-ladró Harry con energía.
-¡Estabas inconsciente, Harry! Es imposible que llegues a recordar-dijo la chica, exasperándose un poco con el chico y luchando contra las tenazas que sostenían sus brazos.
-Si yo estaba inconsciente y Malfoy era el único despierto en esos momentos; si no había nadie allí como para corroborar su historia… ¡Cómo mierda pueden llegar a pensar que esté diciendo la verdad!-le gritó Harry-. ¡Cómo puedes ser tan tonta!
De pronto la diferencia de alturas entre ellos se hizo evidente. Harry era más alto que Hermione por un poco más de una cabeza, aunque no era posible considerarla como una chica baja; pero no parecía importar, su amiga se veía aún más pequeña de lo que era, disminuida, aterrada, sollozando de dolor y miedo.
-Harry, detente, por favor-dijo Hermione, bajando su cabeza y dejando de luchar contra los brazos que de momento eran lo único que la sostenían en pie-… Me estás asustando.
Esas palabras fueron como un golpe de corriente para Harry; soltó sus brazos y se alejó un par de pasos de la chica. Miró a Hermione, aterrado por lo que acababa de hacer: Le había gritado a su mejor amiga, a la única persona que hasta ese momento había soportado todos y cada uno de sus momentos de estupidez. La única persona que había estado con él en los peores momentos, incluso cuando ron le había abandonado.
Las palabras de Remus resonaron en su cabeza: “Si no cuidas tu temperamento terminarás lastimando a los que más quieres”. Ya no había duda, el lobo estaba saliendo victorioso y no podría hacer nada en contra de él; no podía pelear, no podría ganar.
Miró nuevamente a Hermione, que en esos momentos se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Retrocedió con miedo de sí mismo hasta chocar con el sofá, encontró su bolso y salió corriendo por la puerta de la Sala de Requerimientos sabiendo que lo hacía ahora no era mucho mejor que gritarle, pero no podía pedirle perdón ahora, ni siquiera podía hablar. El lobo estaba ganando, su mejor amiga le iba a odiar, estaba solo y quería desaparecer.
Quizás si corría más fuerte lo lograría.

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