Sonata de Luz de Luna
Pieza Octava: Danza con lobos.
Pieza Octava: Danza con lobos.
Se había alejado de todo.
Durante poco más de dos semanas había logrado alejarse de todo lo que antes hubieses podido llamar su mundo. Ya no tenía nada en común con nadie o al menos no buscaba encontrarlo y, aunque se sentía más tranquilo sabiendo que nada podría llegar a pasarle si se encontraba solo, le estaba empezando a asustar el sentirse tan solo. Pero casi todas las cosas lo asustaban esos días, porque todo estaba relacionado con lo que era y lo que era le aterrorizaba día y noche.
Siendo un Gryffindor se diría que él debía ser valiente, pero su estado actual no lo demostraba. Su vida era un asco, una rutina continua que no variaba en absolutamente nada; pero ésta le mantenía a salvo de tener que dar explicaciones y enfrentarse a la realidad. No era más que un cobarde.
Esperaba a que toda la gente de Gryffindor estuviera en sus dormitorios, ya bien entrada la noche, para recoger su capa y salir a caminar por los terrenos del colegio. Usualmente prefería hacerlo los días de lluvia o nieve, o aquellos días en que el viento helado le quemaba la cara. Lo que fuera para sentirse embriagado por sus sentidos, lo que fuera para que estos se aletargaran lo suficiente y dejara de sentir. Él ya no quería sentir, nunca más.
Todas las sensaciones que tenía antes se habían visto multiplicadas. Durante un tiempo sinceramente pensó que no iba a necesitar sus anteojos pues estos habían parecido mejor milagrosamente en esas dos semanas, pero decidió quedarse con ellos, aunque fuese para aparentar. Todos sus sentidos se habían agudizado y las sensaciones que recibía del mundo parecían volverlo loco. Ya no quería sentir, pues sus sentidos no eran algo natural de su cuerpo si no parte del lobo.
Y Harry no quería saber del lobo.
En esas tres semanas que había estado fuera de la enfermería su desempeño en la escuela había bajado, pero los profesores no parecían saber cómo abordar el tema o el cambio no había sido el suficiente como para preguntarle qué pasaba. También había perdido peso al haber abandonado varias de las comidas en el Gran Salón. No era que no tuviera hambre, sólo que no eran precisamente verduras lo que su cuerpo le estaba pidiendo. Tenía ganas de comer carne, mucha carne, ojalá lo más cruda posible. Pero la idea de caer en sus instintos y realmente comerla le sobrepasaba. Podía imaginar la cara que pondría sus compañeros al verle comer con tanto agrado algo que a duras penas podía ser considerado como cocido, imaginaba sus caras de horror y asco, como si fuera una bestia. Como si fuera un monstruo. Como si fuera lo que era realmente.
La palabra hombre lobo había estado dando vueltas por su cabeza cada uno de esos días, en cada uno de sus pensamientos, por más triviales que fueran. Aún no estaba más cerca de aceptarla de lo que estaba lejos de temerle.
Harry se sentó junto al lago, mirando como el sol se acercaba cada vez más a la superficie del agua. A cada momento la noche se hacía más presente, y en unas horas tendría que presentarse a la enfermería a encarar a la luna. Ojalá no se encontrara con nadie en el camino, ya había sido más que suficiente encontrarse con Malfoy cuando iba a ver a Snape.
Malfoy…
El chico había estado prendado de más de uno de sus pensamientos. Su último encuentro había sido más que particular y, si bien ahora podía creer un poco más en su palabra, aquel beso que le había dado había sido mucho más importante a su parecer que cualquier confesión por parte del rubio. Aún no tenía una explicación para qué es lo que le había llamado a hacer una tontería como besarle y la única que podía argumentar era que, en aquel preciso instante, había dejado que sus instintos controlaran la situación.
Los instintos le estaban controlando esa noche. Le llevaron a hacer preguntas que de otra forma no hubiera hecho, le llevaron a preguntarse a sí mismo que se sentiría tener esos labios sobre los suyos cuando sintió su aliento tocándolos. Los instintos le llevaron a olvidarse que la persona frente a él había sido su rival por años y que realmente no tenía más razón para confiar en él de la que tendría por cualquier persona que se aterrara de Voldemort.
Habían pasado dos semanas desde entonces y entre las muchas cosas que no podían salir de su cabeza estaba el recuerdo de los labios cálidos de Malfoy bajo los suyos. Había soñado con él ya incontables veces, cada noche de forma distinta, cada noche distintos lugares; pero había algo que no cambiaba: la voz del chico cuando pronunciaba su apellido que, si tenía que ser completamente sincero, su mente había adaptado de forma que no fuera su apellido si no su nombre lo que saliera de su boca.
¡Por Dios, que enredo!
Y eso que ni siquiera se había empeñado en pensar qué pasaría si Voldemort se enterara de lo que le había ocurrido.
Los primeros días había leído mucho, se había vuelto casi tan asiduo a la biblioteca como Hermione, pero no había encontrado mucho que no estuviera en el libro que Remus le había dado. Pero habían cosas que escapaban incluso a este y había esperado que su ex profesor con ansias durante las primeras dos semanas, hasta que llegó un punto en que la cantidad de dudas crecía y crecía y se vio obligado a preguntarle a la segunda persona con más conocimiento en las Artes Oscuras del colegio (que no fuera Dumbledore, habían preguntas que uno no le podía hacer a alguien de 150 años sin sentirse imbécil). Fue por eso que recurrió a Snape. El profesor de Pociones se había mostrado reacio a contestar sus preguntas, pero después de un largo duelo de miradas accedió a leerlas y responderlas tan bien como sus facultades pudieran. "Aunque sin duda alguien como Lupin podría darte una mirada mucho más familiar y menos técnica" había dicho.
-Veamos… para transformar a alguien necesitas específicamente que la saliva del lobo se mezcle con la sangre de la víctima, no basta solo con un mordisco, tampoco debería importar si la mordida fuese hecha mientras eres un humano-había contestado a medida que leía las preguntas-. Podrás tener hijos, pero te arriesgas a que también sean licántropos pues la enfermedad es hereditaria... Los síntomas de la cercanía de la luna se pueden empezar a sentir por lo menos una semana antes, según lo que el mismo Lupin me ha contado… En algunos casos cuando el pelo del lobo es más cercano a los colores blancos es probable que tu pelo como humano cambie, pero por lo general el color del lobo se asimila al humano y no viceversa… La cubertería del colegio, como ya debes haber notado, es de plata, por lo que tu cubertería fue cambiada por los elfos por instrumentos de acero… En referencia a Voldemort, si se llegara a enterar… sólo podemos rogar que no sea así.
Las respuestas habían sido dadas con una frialdad increíble, como quien leía un recetario de pociones, pero Harry lo prefirió así. Si el profesor hubiese tratado de calmarlo diciendo mentiras piadosas que hicieran más agradables la verdad le hubiera parecido una traición horrible. Pero esa no había sido la respuesta más impresionante que había recibido. Había una que le había hecho pensar nuevamente en Draco.
-Hasta donde yo sé los hombres lobo tienen una sola pareja para toda la vida, son criaturas monógamas. Cómo funcionan estas parejas no es algo que sepa, pero escuche a Lupin decir que tiene que ver con una prueba y un beso, así que hasta que puedas hablar con él yo me cuidaría de tratar de empezar una relación.
Un beso.
Esa era la mayor de las razones por las que había pensado tanto en Malfoy en los últimos días. El beso ya había sido dado y, si bien no entendía que era eso de la prueba, tenía más que claro que jamás podría llegar a tener una relación amorosa con el chico (ni quería tenerla); pero si por culpa de una estupidez cometida en medio del calor de una discusión, actuando según instintos en los que no confiaba, terminaba teniendo que vivir toda su vida amando al Slytherin, no podría perdonárselo. Ni a sí mismo ni al lobo.
Ron y Hermione se escabulleron entre las sombras de la torre. Estaba recién anocheciendo y por todas partes se podían ver los reflejos rojos y sombras funestas del sol al esconderse. Pero ellos no eran los únicos que se escondían, ¡oh no!, Harry también lo hacía y esa, justamente, era la razón por la que ellos se cobijaban en las sombras.
Habían pasado exactamente dos semanas desde que Harry les había dirigido la palabra por última vez, estaban preocupados y muy curiosos acerca de lo que estaba pasando. Habían esperado ya 14 días y no iban a esperar más para saber qué era lo que su amigo ocultaba, no iban a esperar para saber por qué salía todas las noches, por qué los evitaba, por qué había dejado de confiar en ellos.
Cuando llegaron al tercer piso, siguiendo el mapa del merodeador que les decía que Harry estaba en la enfermería, se dieron cuenta que no eran los únicos que espiaban al moreno. Protegido entre las sombras que proyectaba una gárgola se encontraba, nada más y nada menos, que Malfoy.
-¿Qué haces aquí, Malfoy?-susurró Hermione, demandando una respuesta sólo con el tono de su voz.
-Soy prefecto, podría estar haciendo cualquier cosa y estaría bien-dijo el chico, a la defensiva. Estaba completamente paranoico y no quería que Ron y Hermione estuvieran ahí; sólo traería problemas-. ¿Qué hacen ustedes aquí?
-Estamos preocupados por Harry, sabemos que está en la enfermería y no nos vamos a ir hasta que obtengamos respuestas-dijo Ron con voz firme.
-No se preocupes, yo lo seguiré… ustedes váyanse a su sala Común y esperen a que llegue-les dijo Draco, siempre pendiente de la puerta.
-No, Malfoy-refutó Hermione-. Nosotros vinimos a averiguar qué pasa con Harry y no nos vamos a ir hasta que lo sepamos.
-Granger…-le empezó a advertir Draco, sólo para ser interrumpido por la chica.
-No, Malfoy, no nos vamos a ir. Ni tú, ni Dumbledore, ni el fantasma de Merlín podrían detenernos.
En ese mismo momento la puerta de la enfermería se abrió. Los tres chicos se escondieron un poco más en las sombras y observaron con cuidado. Ya no había posibilidad de dar un pie atrás. Por la puerta salían Snape, Madame Pomfrey y un Harry de aspecto trágico. El chico se veía horrible, tenía los ojos hinchados, estaba flaquísimo y su piel parecía demasiado pálida. Todo en él gritaba enfermo.
Snape puso una mano sobre el hombro de su alumno y le preguntó en voz baja:
-¿Te encuentras bien, Potter?
-No, pero no importa-respondió el chico-. No es como que mi disposición cambie en algo lo que va a ocurrir.
A medida que los adultos guiaban a Harry a las afueras del castillo, los tres alumnos les seguían en silencio. Cada uno con sus razones, cada uno empeñado en estar ahí esa noche fuese como fuese. Aún cuando Draco sabía perfectamente lo que estaba por ocurrir, estaba seguro que no sería capaz de vivir con el cargo de consciencia que implicaba el dejar que Potter pasara esa noche sólo.
Poco se demoró Hermione en darse cuenta que se dirigían al Bosque Prohibido, y cuando lo notó tuvo que pensar dos veces el seguir o no el camino por el que iba. Aún estaba a tiempo de retractarse, de volver a la Torre y hacer como si nada hubiera pasado; pero al mismo tiempo sabía que si se devolvía tendría que explicar a Ron sus razones, y si no lo hacía este se quedaría allí para llevarse una gran sorpresa. Prefería estar ahí con él cuando eso ocurriera. No iba a dejar a Harry solo con el temperamento del pelirrojo.
El viaje por el bosque fue algo casi aterrador, no porque hubiese ruidos que les mantuvieran atentos a su entorno, si no todo lo contrario. Los árboles actuaban como una pantalla que absorbía totalmente el sonido, sumiendo sus pasos en el más grande de los silencios. Casi sin darse cuenta vieron como se aproximaban a una cabaña de la que nunca se habían enterado que existía. La cabaña no era más grande que la de Hagrid, y de forma muy similar; probablemente había sido utilizada en otros tiempos por algún guardabosque en el tiempo en que el Bosque no era tan peligroso ni tan prohibido.
-Harry, te dejaremos aquí por la noche-dijo Madame Pomfrey, al detenerse frente a ella. Abrió la puerta y dejó pasar al chico-. Sellaremos las puertas por fuera, para que no puedas salir de allí. Sólo podrán ser abiertas desde fuera y por magia, así puedes estar seguro que no las abrirás sólo con fuerza… Mañana al amanecer te vendremos a buscar y te llevaremos a la enfermería para poder revisar cómo reaccionó tu cuerpo con la transformación ¿Está bien?-preguntó.
-Sí, no se preocupen-dijo Harry, mirando al suelo.
-Cuídate, por favor-le pidió Snape, mirando a Harry directamente a los ojos y revolviéndole el pelo con la mano.
-Será mejor que cierren-dijo Harry, al notar que su cuerpo se ponía rígido y tenso, que sus músculos empezaban a contraerse y que posiblemente una de las situaciones más dolorosas de su vida estaba por empezar.
Ron, Hermione y Draco esperaron junto a unos arbustos hasta que Snape y Madame Pomfrey se hubiesen alejado de vista. Cuando ya no sintieron ningún sonido, más que el aullido de los lobos en la lejanía, se acercaron a la cabaña silenciosa y lentamente. En la mitad del camino hasta la puerta un grito desde dentro les aceleró los corazones; era Harry. Un grito desgarrador, lleno de dolor y que venía del alma; como si se tratara del mejor de los Cruciatus. Ron corrió hasta la puerta sin pensarlo y la abrió rápidamente con uno de los muchos hechizos que habían practicado con Harry, un hechizo capaz de abrir cualquier puerta sin importar lo sellada que estuviese.
Lo que vio adentro fue algo que no se esperaba.
En la mitad de la habitación, mirándole con ojos feroces y llenos de hambre, había un lobo en posición de ataque.
Draco, pensando más rápido que Hermione, y relacionando las cosas con más agilidad que su aterrada compañera (en mayor parte por su conocimiento certero de lo que estaba ocurriendo), tomó a Weasley y Granger del brazo y los sacó de la vista del lobo aunque fuese por unos segundos. Sin dudarlo los hizo correr en dirección al castillo; debían salir de allí cuanto antes si no querían que su amigo se transformara en un asesino. En su propio asesino.
-¿Qué fue eso?-preguntó el pelirrojo mientras corría-. ¿Dónde estaba Harry? ¡Tenemos que devolvernos a buscarle! ¡No lo podemos dejar solo con el lobo!
-¡Merlín, Weasley, no puedes ser tan denso! ¡Ese era Potter!-susurró Draco tan fuerte como pudo-. Tenemos que salir del bosque como sea.
-¡Harry!-exclamó Ron, una mezcla entre asustado, preocupado y consternado.
-¡Baja la voz, Weasley!-advirtió Draco-. Si no te callas en unos minutos este lugar estará lleno de monstruos.
-¿Y tú sabías de esto, Malfoy?-preguntó Hermione, en un susurro.
-Siempre lo supe, desde antes de salir de la enfermería-respondió Draco en el mismo tono-. No era mi lugar contarle a nadie así que guardé la información tan bien como pude. Eso no quita que quisiera estar aquí para acompañar a Potter, aunque fuera desde lejos.
De pronto salieron de entre la espesura del bosque unas patas que a Ron le dieron escalofríos de inmediato. Dos acromántulas habían llegado, atraídas por las voces, a ver si había algo que pudieran considerar como cena. Se acercaban poco a poco, pero ellos las podían ver a lo lejos. Los chicos se pararon inmediatamente, conscientes que sería muy difícil salir de la encrucijada que en que se habían metido.
-¿Qué se supone que haremos ahora?-preguntó Hermione, tratando de sacar a Ron del estupor en el que parecía haber caído.
-Cálmate, Granger. Tenemos que buscar una manera de deshacernos de las arañas y volver al castillo-dijo Draco, quien ya había tomado el brazo de la chica y la dirigía hacia otro camino. Hermione atinó a arrastrar a Ron con ella.
-Nos van a matar a todos, nos van a comer en un solo bocado-murmuraba Ron, pálido y medio verdusco.
-¡Tranquilo, Ron, podremos escapar, ya escapaste una vez de ellas! ¡Ahora eres mayor, te será mucho más fácil!-dijo Hermione, ya sin preocuparse de mantener baja la voz.
La acromántula más grande echó su cuerpo para atrás, preparándose para saltar. Draco lo notó inmediatamente y decidió lo mejor que podían hacer era volver por donde venían, con la esperanza que al menos pudiesen buscar refugio dentro de la cabaña si es que Potter había salido de ella.
Las arañas estaban ganándoles distancia y los quejidos de Weasley se hacían cada vez más fuertes. A lo lejos la cabaña se hacía cada vez más nítida; el hombre lobo no se podía ver por ningún lado. Al menos no se veía hasta que saltó de entre los matorrales, no para amenazarles si no para gruñirle a las arañas que avanzaban hacia los chicos. El más grande de los bichos decidió saltar hacia el joven lobo, pinzas chasqueando con rapidez en el silencio de la noche. Harry no parecía temerles, saltando a su encuentro para morder una de las patas.
Granger y Weasley habían entrado a la cabaña, la chica hacía todo lo que estaba en sus manos por evitar un ataque de pánico por parte del pelirrojo; solo Draco faltaba, pero le era imposible despegar sus ojos de la pelea. No mientras Harry aún corriera peligro. Dos arañas de tal envergadura contra un lobo que no era ni la mitad de grande que una de ellas era demasiada desventaja. Sin pensarlo dos veces lanzó un expelliarmus a la más pequeña, que voló una buena cantidad de metros antes de chocar contra un árbol y volverse a poner de pie.
Draco no sabía si esconderse o seguir peleando junto al lobo, aún cuando la decisión no debería ser tan difícil pues, si el lobo se daba cuenta que había carne humana cerca a la que podía atacar con menos problemas que a una araña gigante, quizás decidiera atacarle a él. Estaba pensando en esto cuando la araña a la que había lanzado por los aires segundos atrás decidió que quería venganza. Se demoró solo un par de pasos en tener al rubio acorralado contra la muralla, las pinzas traqueteando muy cerca de su cuello, su baba ponzoñosa cayendo libre al suelo.
Nuevamente la situación se repetía.
Cuando Draco estaba seguro que iba a morir víctima de una de las miles de bestias que era posible encontrar en el bosque era Potter quien le salvaba la vida.
El lobo había abandonado su batalla a favor de atacar a la araña que ponía en riesgo el cuello del chico. Habían saltado sobre ella, mordiendo sus pinzas y rasguñando los ocho ojos que le miraban con furia. Draco no esperó ni un segundo en correr en dirección a la cabaña, quedándose en la puerta, consciente que de haber peligro tendría que cerrar la puerta de inmediato, aunque Potter quedara a merced de los monstruos.
El lobo pareció correr tras él, sin querer entrar, pero suficientemente cerca como para resguardarlo si llegaba a ocurrir algo. Las arañas les seguían los pasos, siniestras entre las sombras de los árboles. Potter no se despegó de la puerta, ni siquiera cuando Draco la cerró y selló mágicamente para mantener a todos los monstruos afuera.
Granger y Draco se habían instalado en la ventana a ver como se desarrollaba la batalla, con la certeza de que su amigo corría riesgo de muerte afuera pero que sería imposible ayudarle. Entre las arañas y los hombres lobo no había uno mejor que otro.
Las acromántulas habían ganado terreno y se disponían a atacar, como si se hubieran dado cuenta que el lobo no era suficiente contrincante contra dos de ellas. Harry por su parte no paraba de gruñirles y ladrarles, eso al menos hasta que ellas saltaron. Todo parecía muy rápido. De pronto Harry estaba sobre ellas, mordiéndoles una pata, luego parecía que las pinzas de la otra le iban a cortar la cara. Lo único que se podía entender era que el chico estaba perdiendo.
De pronto hubo un aullido de dolor y hasta Weasley se puso de pie para ver qué es lo que había pasado.
El lobo se encontraba cojeando, una de sus patas delanteras había sido agarrada por las pinzas y ahora sangraba profusamente. Las arañas por su parte no perdían tiempo y ocupaban la vulnerabilidad de su adversario para atacarle con más y más fuerza.
Hermione no quería mirar cómo el lobo que por un momento les había defendido parecía caer ante las patas de esos monstruos.
De pronto un nuevo ladrido, mucho más grave que el que había ya asociado a su amigo, inundó el bosque. Corriendo de entre los matorrales, en la dirección del castillo, venía un lobo a toda prisa. No demoró mucho en saltar sobre las arañas, aprovechando el momento con el que venía para agarrar una de las patas del más grande con fuerza hasta sacársela. Con una pata menos el animal se dio cuenta que no se encontraba contra el mismo tipo de adversario y retrocedió, su compañero siguiendo sus pasos.
El lobo más joven cayó al piso, lamiéndose la herida con cuidado.
-Es Lupin, lo reconocería en cualquier lado-susurró Hermione, quien había vuelto a mirar por la ventana en el momento en que el segundo aullido pudo ser escuchado-. Lupin vino a ayudarle.
-¿Podremos traerlos a dentro?-preguntó Draco, sin saber muy bien qué hacer-. Es obvio que allá afuera no están seguros y Potter no está en condiciones de volver a pelear.
-No creo que sea buena idea-dijo la chica-. Lupin es muy probable que se haya tomado su poción Matalobos y sepa lo que hace, pero es obvio que Harry no está controlando lo que hace el lobo.
Un escalofrío recorrió la espalda de los chicos cuando sintieron que una pata golpeaba suavemente la puerta, como si estuviera pidiéndoles entrar. Ron, sin preguntarle a nadie, abrió la puerta de par en par. Después de un par de segundos vieron entrar a Harry y al otro lobo en la cabaña, cubiertos de sangre y heridas. Harry les miró y les gruñó antes de caer al piso, aullando en dolor por una pata que parecía estar quebrada.
El otro licántropo se tendió junto a Harry y empezó a lamer la herida de este. Se quejaba y aullaba un lamento, golpeando su cabeza contra el cuerpo exánime de Harry en una acción demasiado protectora para ser creíble en un ser salvaje.
-Son licántropos, no importa que sea Potter; debemos protegernos de alguna manera-dijo Draco, sacó de entre su túnica su varita y apuntó con ella a los lobos.
-¡Qué harás!-exclamó Ron, asustado e iracundo ante la idea de que Malfoy le hiciera algún daño a esos lobos, que además de haberlos salvado esa noche, eran sus amigos.
-Conjuraré una celda, los mantendremos encerrados durante la noche y mañana en la mañana los soltaremos-dijo Draco-. Pueden habernos salvado, pero eso no quita que sus instintos los hagan tratar de mordernos-apuntó con su varita a los lobos nuevamente y dijo casi en un susurro-. Tempus Clamp.
Una celda de barrotes plateados se formó alrededor de los lobos; era pequeña, pero les daba espacio para que se movieran con un poco de soltura. El otro hombre-lobo, un animal de color café claro y blanco les gruñó con ira, dejando por un minuto de lamer las heridas de Harry y de mantenerlo despierto a base de cabezazos.
-Tenemos que volver al castillo-dijo Hermione.
-No podemos pro ahora, si salimos de la cabaña esas acromántulas volverán y nos matarán antes de que logres decir Quidditch-dijo Draco, mirándola con pena.
-Tendremos que pasar la noche aquí, entonces-dijo Ron, mirando al suelo.
Lo que vio adentro fue algo que no se esperaba.
En la mitad de la habitación, mirándole con ojos feroces y llenos de hambre, había un lobo en posición de ataque.
Draco, pensando más rápido que Hermione, y relacionando las cosas con más agilidad que su aterrada compañera (en mayor parte por su conocimiento certero de lo que estaba ocurriendo), tomó a Weasley y Granger del brazo y los sacó de la vista del lobo aunque fuese por unos segundos. Sin dudarlo los hizo correr en dirección al castillo; debían salir de allí cuanto antes si no querían que su amigo se transformara en un asesino. En su propio asesino.
-¿Qué fue eso?-preguntó el pelirrojo mientras corría-. ¿Dónde estaba Harry? ¡Tenemos que devolvernos a buscarle! ¡No lo podemos dejar solo con el lobo!
-¡Merlín, Weasley, no puedes ser tan denso! ¡Ese era Potter!-susurró Draco tan fuerte como pudo-. Tenemos que salir del bosque como sea.
-¡Harry!-exclamó Ron, una mezcla entre asustado, preocupado y consternado.
-¡Baja la voz, Weasley!-advirtió Draco-. Si no te callas en unos minutos este lugar estará lleno de monstruos.
-¿Y tú sabías de esto, Malfoy?-preguntó Hermione, en un susurro.
-Siempre lo supe, desde antes de salir de la enfermería-respondió Draco en el mismo tono-. No era mi lugar contarle a nadie así que guardé la información tan bien como pude. Eso no quita que quisiera estar aquí para acompañar a Potter, aunque fuera desde lejos.
De pronto salieron de entre la espesura del bosque unas patas que a Ron le dieron escalofríos de inmediato. Dos acromántulas habían llegado, atraídas por las voces, a ver si había algo que pudieran considerar como cena. Se acercaban poco a poco, pero ellos las podían ver a lo lejos. Los chicos se pararon inmediatamente, conscientes que sería muy difícil salir de la encrucijada que en que se habían metido.
-¿Qué se supone que haremos ahora?-preguntó Hermione, tratando de sacar a Ron del estupor en el que parecía haber caído.
-Cálmate, Granger. Tenemos que buscar una manera de deshacernos de las arañas y volver al castillo-dijo Draco, quien ya había tomado el brazo de la chica y la dirigía hacia otro camino. Hermione atinó a arrastrar a Ron con ella.
-Nos van a matar a todos, nos van a comer en un solo bocado-murmuraba Ron, pálido y medio verdusco.
-¡Tranquilo, Ron, podremos escapar, ya escapaste una vez de ellas! ¡Ahora eres mayor, te será mucho más fácil!-dijo Hermione, ya sin preocuparse de mantener baja la voz.
La acromántula más grande echó su cuerpo para atrás, preparándose para saltar. Draco lo notó inmediatamente y decidió lo mejor que podían hacer era volver por donde venían, con la esperanza que al menos pudiesen buscar refugio dentro de la cabaña si es que Potter había salido de ella.
Las arañas estaban ganándoles distancia y los quejidos de Weasley se hacían cada vez más fuertes. A lo lejos la cabaña se hacía cada vez más nítida; el hombre lobo no se podía ver por ningún lado. Al menos no se veía hasta que saltó de entre los matorrales, no para amenazarles si no para gruñirle a las arañas que avanzaban hacia los chicos. El más grande de los bichos decidió saltar hacia el joven lobo, pinzas chasqueando con rapidez en el silencio de la noche. Harry no parecía temerles, saltando a su encuentro para morder una de las patas.
Granger y Weasley habían entrado a la cabaña, la chica hacía todo lo que estaba en sus manos por evitar un ataque de pánico por parte del pelirrojo; solo Draco faltaba, pero le era imposible despegar sus ojos de la pelea. No mientras Harry aún corriera peligro. Dos arañas de tal envergadura contra un lobo que no era ni la mitad de grande que una de ellas era demasiada desventaja. Sin pensarlo dos veces lanzó un expelliarmus a la más pequeña, que voló una buena cantidad de metros antes de chocar contra un árbol y volverse a poner de pie.
Draco no sabía si esconderse o seguir peleando junto al lobo, aún cuando la decisión no debería ser tan difícil pues, si el lobo se daba cuenta que había carne humana cerca a la que podía atacar con menos problemas que a una araña gigante, quizás decidiera atacarle a él. Estaba pensando en esto cuando la araña a la que había lanzado por los aires segundos atrás decidió que quería venganza. Se demoró solo un par de pasos en tener al rubio acorralado contra la muralla, las pinzas traqueteando muy cerca de su cuello, su baba ponzoñosa cayendo libre al suelo.
Nuevamente la situación se repetía.
Cuando Draco estaba seguro que iba a morir víctima de una de las miles de bestias que era posible encontrar en el bosque era Potter quien le salvaba la vida.
El lobo había abandonado su batalla a favor de atacar a la araña que ponía en riesgo el cuello del chico. Habían saltado sobre ella, mordiendo sus pinzas y rasguñando los ocho ojos que le miraban con furia. Draco no esperó ni un segundo en correr en dirección a la cabaña, quedándose en la puerta, consciente que de haber peligro tendría que cerrar la puerta de inmediato, aunque Potter quedara a merced de los monstruos.
El lobo pareció correr tras él, sin querer entrar, pero suficientemente cerca como para resguardarlo si llegaba a ocurrir algo. Las arañas les seguían los pasos, siniestras entre las sombras de los árboles. Potter no se despegó de la puerta, ni siquiera cuando Draco la cerró y selló mágicamente para mantener a todos los monstruos afuera.
Granger y Draco se habían instalado en la ventana a ver como se desarrollaba la batalla, con la certeza de que su amigo corría riesgo de muerte afuera pero que sería imposible ayudarle. Entre las arañas y los hombres lobo no había uno mejor que otro.
Las acromántulas habían ganado terreno y se disponían a atacar, como si se hubieran dado cuenta que el lobo no era suficiente contrincante contra dos de ellas. Harry por su parte no paraba de gruñirles y ladrarles, eso al menos hasta que ellas saltaron. Todo parecía muy rápido. De pronto Harry estaba sobre ellas, mordiéndoles una pata, luego parecía que las pinzas de la otra le iban a cortar la cara. Lo único que se podía entender era que el chico estaba perdiendo.
De pronto hubo un aullido de dolor y hasta Weasley se puso de pie para ver qué es lo que había pasado.
El lobo se encontraba cojeando, una de sus patas delanteras había sido agarrada por las pinzas y ahora sangraba profusamente. Las arañas por su parte no perdían tiempo y ocupaban la vulnerabilidad de su adversario para atacarle con más y más fuerza.
Hermione no quería mirar cómo el lobo que por un momento les había defendido parecía caer ante las patas de esos monstruos.
De pronto un nuevo ladrido, mucho más grave que el que había ya asociado a su amigo, inundó el bosque. Corriendo de entre los matorrales, en la dirección del castillo, venía un lobo a toda prisa. No demoró mucho en saltar sobre las arañas, aprovechando el momento con el que venía para agarrar una de las patas del más grande con fuerza hasta sacársela. Con una pata menos el animal se dio cuenta que no se encontraba contra el mismo tipo de adversario y retrocedió, su compañero siguiendo sus pasos.
El lobo más joven cayó al piso, lamiéndose la herida con cuidado.
-Es Lupin, lo reconocería en cualquier lado-susurró Hermione, quien había vuelto a mirar por la ventana en el momento en que el segundo aullido pudo ser escuchado-. Lupin vino a ayudarle.
-¿Podremos traerlos a dentro?-preguntó Draco, sin saber muy bien qué hacer-. Es obvio que allá afuera no están seguros y Potter no está en condiciones de volver a pelear.
-No creo que sea buena idea-dijo la chica-. Lupin es muy probable que se haya tomado su poción Matalobos y sepa lo que hace, pero es obvio que Harry no está controlando lo que hace el lobo.
Un escalofrío recorrió la espalda de los chicos cuando sintieron que una pata golpeaba suavemente la puerta, como si estuviera pidiéndoles entrar. Ron, sin preguntarle a nadie, abrió la puerta de par en par. Después de un par de segundos vieron entrar a Harry y al otro lobo en la cabaña, cubiertos de sangre y heridas. Harry les miró y les gruñó antes de caer al piso, aullando en dolor por una pata que parecía estar quebrada.
El otro licántropo se tendió junto a Harry y empezó a lamer la herida de este. Se quejaba y aullaba un lamento, golpeando su cabeza contra el cuerpo exánime de Harry en una acción demasiado protectora para ser creíble en un ser salvaje.
-Son licántropos, no importa que sea Potter; debemos protegernos de alguna manera-dijo Draco, sacó de entre su túnica su varita y apuntó con ella a los lobos.
-¡Qué harás!-exclamó Ron, asustado e iracundo ante la idea de que Malfoy le hiciera algún daño a esos lobos, que además de haberlos salvado esa noche, eran sus amigos.
-Conjuraré una celda, los mantendremos encerrados durante la noche y mañana en la mañana los soltaremos-dijo Draco-. Pueden habernos salvado, pero eso no quita que sus instintos los hagan tratar de mordernos-apuntó con su varita a los lobos nuevamente y dijo casi en un susurro-. Tempus Clamp.
Una celda de barrotes plateados se formó alrededor de los lobos; era pequeña, pero les daba espacio para que se movieran con un poco de soltura. El otro hombre-lobo, un animal de color café claro y blanco les gruñó con ira, dejando por un minuto de lamer las heridas de Harry y de mantenerlo despierto a base de cabezazos.
-Tenemos que volver al castillo-dijo Hermione.
-No podemos pro ahora, si salimos de la cabaña esas acromántulas volverán y nos matarán antes de que logres decir Quidditch-dijo Draco, mirándola con pena.
-Tendremos que pasar la noche aquí, entonces-dijo Ron, mirando al suelo.
Unas pocas horas después Hermione miraba como su mejor amigo y su mejor enemigo, dormían acurrucados uno contra el otro en una pequeña cama que ella había conjurado. Era una noche fría, por lo que en sueños estos habían buscado la fuente de calor más cercana y ahora se encontraba prendidos del otro para calmar un poco el hielo que se colaba bajo las mantas.
En el otro lado de la habitación dos lobos muy especiales se encontraban en una situación similar. Lupin se había acurrucado alrededor de Harry, abrazándolo de una forma que podía ser incluso considerada sobreprotectora. El otro era su mejor amigo, que dormía y parecía tener pesadillas. El lobo más viejo le movía de cuando en cuando, para evitar que los malos sueños siguieran por mucho tiempo. Hermione sonrió cuando se dio cuenta que lo que Lupin hacía era cuidar de Harry cuando estaba en su peor momento.
Fue entonces que la verdad le golpeó en la cara: Harry era un hombre-lobo.
Era por eso que había estado tanto tiempo en la enfermería y quizás era también por eso que Harry no les había dejado visitarle; esa debía ser la razón por la que los evitaba. Ahora era un animal salvaje y no comprendería razones. Se le vino inmediatamente a la cabeza el momento en que Harry le gritó, justo el día en que salió de la enfermería. Desde ese día en la noche que Harry había dejado de hablarles, era muy probable que tuviese miedo de la reacción que tendrían ante la noticia. No demoró mucho en auto convencerse de que la razón de porqué Harry no les había contado era por lo de siempre, porque se subestimaba y creyó que su licantropía era culpa de él, y que ninguno de sus amigos podría vivir con ello ni aceptarle como era. Debía haber sido la autoestima. Maldito estima de Harry, que no alcanzaba a caer en una caja de fósforos.
La habitación se estaba iluminando poco a poco, si bien no por los rayos de sol, sí por aquel aire frío y luminoso que bajaba minutos antes de que el astro apareciera. Estaba amaneciendo. Hermione se puso de pie y se dispuso despertar a Malfoy. Tenía que estar despierto; no quería que cuando Harry despertase se encontrara en una jaula. Se acercó al chico y lo movió suavemente. No pasó nada. Le movió nuevamente, esta vez con más fuerza, y dijo su nombre.
-Vamos, Malfoy, despierta, está amaneciendo y Harry empezará a cambiar-le dijo Hermione, rogando que el Slytherin pudiese abrir los ojos de unas vez por todas.
Draco abrió los ojos de par en par ante el nombre de Potter y miró a Granger sorprendido. Tardó unos segundos en darse cuenta de que tenía los brazos fuertes de Weasley alrededor de su pecho, los sacó con cuidado y los envolvió en el propio pecho del pelirrojo, sintiéndose sonrojar. Sintió un frío correr por su espalda al no tener los brazos del chico, pero se aguantó de mostrarlo.
-¿Hay que sacar la celda, no?-preguntó Draco, más que nada una pregunta retórica, pero no pudo evitar hacerla. Apuntó con su varita a la celda y los dos lobos y dijo en voz baja y somnolienta:-Finite Incantem.
La celda empezó a desvanecerse hasta que no fue más que un recuerdo en la memoria de los chicos. Draco miró a Granger y, sin pensar lo que hacía, le sonrió, justo en el momento en que el primer rayo de luz cayó sobre los lobos en la habitación y la cabeza pelirroja de Weasley. Los tres despertaron y miraron a la luz con ira. Ron dejó de mirar al sol para seguir la mirada de sus amigos despiertos, encontrándose con dos lobos que cambiaban ante sus ojos. Las patas de Harry, la cabeza, el cuerpo entero, empezaron a cambiar ante sus ojos. Las heridas seguían estando allí, la sangre seca seguía allí, y la posición de su cuerpo era la misma, pero la diferencia es que ahora era Harry quién miraba al sol como si fuese la cosa más preciosa del mundo y no un lobo.
Harry miró frente a él, a sus amigos que le miraban con ternura, sorpresa y preocupación. Se alegró por un momento de que en sus ojos no hubiese ni miedo ni ira. Eso habría sido demasiado como para que lo aguantara en ese momento, después de una transformación tan dolorosa como esa de la noche anterior. Lo que no se explicaba era qué hacían ellos ahí, porqué había una cama en la cabaña y porqué Ron estaba en ella, como si hubiese dormido allí.
Había un par de brazos que le protegían, eso trajo a Harry a la realidad. Giró su cabeza para encontrarse con un par de ojos ámbar que le miraban con ternura y deseos de protegerlo hasta el fin del mundo. Sintió un dolor fuerte en su brazo, que lo sacó de esas piscinas doradas que eran los ojos de su acompañante. Tenía una horrorosa herida en su antebrazo derecho; ya no sangraba, pero parecía haber sangrado toda la noche.
Se escuchó una exclamación fuera de la cabaña, alguien parecía sorprendido de la cantidad de sangre que adornaba la entrada. La puerta se abrió y entró Madame Pomfrey, solo para encontrar a todo el mundo pendiente de una herida en el brazo de su paciente más querido.

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